La nueva dieta mediterránea (1ª parte)

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Quien reparó en las virtudes de la dieta mediterránea fue un fisiólogo norteamericano llamado Ancel Keys en los años 50 y su “Estudio de los Siete Países” (1970, EEUU, Japón, Finlandia, Holanda, Grecia, Italia y la antigua Yugoslavia) fue el primer trabajo de investigación sobre la Dieta Mediterránea. El estudio demostraba que el aumento de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares estaba relacionado con las cifras de colesterol sanguíneo de las distintas poblaciones estudiadas, y consecuentemente con sus formas de alimentarse.

Una zona del Mediterráneo, la isla de Creta, mostró la menor mortalidad por cardiopatía coronaria, y de forma paralela, las cifras más bajas de colesterol con 191 mg/dl y 259 en Finlandia, y de forma paralela la mortalidad fue de 94 por 100.000 habitantes en Creta y de más de 600 en Finlandia. Cuando se compara el consumo medio carne de un norteamericano (273 g. al día) frente a un cretense (35 g.), y de forma paralela el consumo de frutas en Estados Unidos (233 g. día) y en Creta (464 g.), se entienden las razones expuestas.

La Dieta Mediterránea es, con los hábitos japoneses, el modelo alimentario más saludable del planeta

Se extiende por países como España, Francia, Italia, Grecia, Albania, la ex Yugoslavia, Portugal, Libia, Israel, Jordania, Marruecos, Túnez, Egipto, Siria, Malta, Andorra, San Marino, Mónaco y Chipre, cada uno con sus peculiares formas de alimentarse, pero con una base real formada por el consumo de frutas y verduras, destacando la naranja, cebolla, ajo, uvas, lechuga y pimiento, cereales sobre todo pan de trigo, legumbres, con garbanzos, lentejas, judías secas y guisantes, pescado y aceite de oliva, cantidades moderadas de yogur y queso de oveja y cabra, carne de ave, un máximo de tres o cuatro huevos por semana, frutos secos, miel y aceitunas, un poco de vino en las comidas, sal con moderación, y la sabia combinación con otros alimentos importados desde Asia, como el arroz, las berenjenas traídas por los árabes o las patatas y el tomate procedentes de América.

Limita los embutidos, el queso y mantequilla y las carnes rojas ricas en grasas saturadas. Además, existen otros rasgos típicos: muchas personas sobre todo hombres, aprenden a cocinar en casa y creen en los alimentos que consumen, habitualmente de temporada; si pueden hacen un descanso después de la comida, la siesta, que dura 20 ó 30 minutos; practican la comunicación y aprovechan cualquier ocasión para hacer una tertulia relajante; y finalmente adoran el medio que les vio nacer y en el que se han criado.

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Las poblaciones que seguían esta dieta, a mediados del siglo XX, tenían una de las esperanzas de vida más largas del mundo, las proporciones de afecciones cardiovasculares, cáncer y algunas enfermedades crónicas eran las más bajas del mundo, a pesar de que muchos países y regiones no contaban entonces con los servicios médicos de los países industrializados, y esto motivó que los expertos consideraran la dieta mediterránea como el modelo óptimo de vida.

La dieta mediterránea, admirada en Estados Unidos, Canadá y los países nórdicos europeos, era calóricamente abundante, variada, rica en vitaminas antioxidantes y fibra procedentes de verduras, frutas, cereales integrales, legumbres y patatas, en ácidos grasos monoinsaturados procedentes del aceite de oliva virgen, de los pescados, frutos secos y aceitunas, y los polifenoles del vino. ¿Qué ha pasado después de 50 años?.

En España, se han producido cambios importantes, se consume más carne, leche y huevos, menos legumbres, arroz, pan y patatas, más fruta desde los años 50 pero ha decaído los últimos años del siglo XXI, descenso continuado del consumo de vino, se ha reducido el gasto de las familias en comer del 25 al 15% que es mucho,  y con ello el consumo de calorías, ya no cocinan las madres y las abuelas que siempre hicieron una comida doméstica sana y barata, se ha incrementado el consumo de platos preparados y productos transformados, y se han incorporado alimentos poco nutritivos (refrescos, golosinas y bollería industrial), con grave riesgo de desequilibrio al potenciar las proteínas y grasas a costa de los hidratos de carbono, y falta de vitaminas, (sobre todo ácido fólico, y vitaminas A, E y D).

Si a esta situación añadimos que hoy el trabajo es más sedentario, se puede producir un aumento de radicales libres prejudiciales para la salud, y un desarrollo negativo de la obesidad y de las enfermedades cardiovasculares.

La nueva dieta mediterránea (2ª parte)

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